De Rockefeller a preso en Punta de Rieles, la vida de una promesa de la estafa

 De Rockefeller a preso en Punta de Rieles, la vida de una promesa de la estafa

Jonathan Mastropierro llamó a principios de marzo a radio Carve. Pidió para hablar con las periodistas que habían publicado “versiones apócrifas” sobre su vida y anunció que quería “limpiar” su imagen pública. A este joven de 19 años se le imputaron cinco delitos de estafa, pero lo que llamó la atención fue que se adjudicara el apellido Rockefeller para hacerse pasar por familiar del magnate estadounidense. Con esa identidad y un personaje armado, decía que era vice embajador juvenil de Naciones Unidas y vivía una vida de ricos y famosos hasta principios de año, cuando cayó preso.

Hablar con él es casi una odisea. Está recluido en la Unidad N°1 de Punta de Rieles, de participación público privada, pero lo cambian de módulo con regularidad y es difícil mantener una comunicación fluida con él. Según afirmó Mastropierro por teléfono, su idea era realizar una conferencia de prensa con diversos medios para contar su “verdad”.

Desde Así nos va fuimos a la cárcel de Punta de Rieles para conocer al joven. Entramos el sábado 16 de mañana, en el marco de las visitas convencionales. Ese día, Mastropierro estaba en el módulo 7, de seguridad media, y compartía el patio de visita con otros presos que estaban recibiendo familiares y amigos.

La unidad N°1 de Punta de Rieles no es como el resto de los centros penitenciarios. Los protocolos de seguridad son intensos, ahí son “más estrictos” que en la cárcel vecina, según dijeron los funcionarios de la unidad N°6.

Los audios de Mastropierro en este informe fueron grabados luego del encuentro, en llamadas telefónicas que no podían superar los siete minutos de duración. Nuestro encuentro con el joven no pudo ser documentado, debido a que no nos dejaron entrar el equipo. Cada módulo tiene un teléfono que atienden y comparten los internos.

El personal de la prisión hace que los visitantes se quiten los anillos, pulseras, cadenas, perforaciones, y dejen todas sus pertenencias en un locker antes de ingresar. Luego llega el momento del scanner, por donde no se puede pasar ningún tipo de dispositivo electrónico u objeto metálico.

Luego de pasar los controles, nos dirigimos al espacio de visita del módulo 7. Nos encontramos con una puerta de metal, tocamos un timbre a su izquierda y luego de unos segundos la puerta se corre, dejando ver un espacio abierto con paredes de concreto, donde varios reclusos conversan con sus familias y hay varios niños corriendo o jugando en unas hamacas de plástico con sus padres.

A la izquierda hay otra puerta, abierta, que da a un recinto con varias mesas de metal y sillas de plástico, donde los presos pasan hasta cuatro horas con sus visitas. No hay guardias ni policías, ya que el espacio está custodiado por una decena de cámaras de seguridad. Nos acercamos a una garita de seguridad para anunciar nuestra llegada y a los pocos minutos llega el entrevistado.

Mastropierro entra tarde al patio de visita. Tiene su uniforme perfectamente limpio, que consiste en una remera violeta y un pantalón deportivo color rosa viejo. Otros de sus compañeros modificaron la vestimenta, le hicieron hecho rasgaduras y le inscribieron frases. Pero el joven mantiene la ropa prolija y lleva el buzo de abrigo en los hombros.

Su aspecto es distinto al de los demás reclusos. Y eso también lo sabe: al hablar de ellos, dice con un poco de superioridad que son “buenos muchachos”, aunque es consciente de que en la cárcel le prohibieron hablar de las condiciones de reclusión. En un momento, como quien no se da cuenta, dice que hace unos pocos días le cayó un corte carcelario de una canilla cuando entraba a bañarse.

Tiene varias carpetas y una se la regaló el comisionado parlamentario para las cárceles, Juan Miguel Petit. También tiene un libro, Matar de amor, que dice que se lo prestaron en la biblioteca de la cárcel. Cuando le pedimos que nos muestre las carpetas, las abre y adentro no hay nada. La de Petit está llena de garabatos, ya que a un compañero suyo le gusta “vandalizar” los papeles.

Entonces saca 19 carillas de cuaderno, cada una numerada en el margen superior derecho, que escribió con su versión de su historia. Las quiere leer, pero le decimos que preferimos que nos hable y que nos permita hacerle preguntas. Las hojas utilizan un lenguaje complicado, parecen sacadas de un expediente judicial y allí hace referencia a su vida delictiva, que comenzó cuando tenía 13 años. En ese momento compró una consola de Play Station por internet, pagó el precio que estaba estipulado pero no obtuvo nada a cambio. Ahí fue que se dio cuenta de que podría hacer lo mismo con otras personas.

Dice que la estafa es el arte de inducir al error. Eso es lo que él hace, según su versión, y por momentos parece que no tuviera real noción de que incurrió en un delito. Cuenta también que su vida como “delincuente” empezó antes, a los seis años, cuando reclutó a toda su clase en un colegio de monjas en Lavalleja para saquear la cantina. Cuando algo malo pasaba en su colegio, agrega, las maestras siempre lo mandaban buscar para ver si él estaba implicado.

Pero a los 13 se topó por primera vez con la estafa y desde entonces estuvo vinculado a ella. Tenía buenas notas en el colegio, donde su madre trabajaba, y siempre tuvo relativa facilidad para la informática. Sus primeras estafas fueron creando una página que copiaba la operativa de Mercado Libre y secuestraba los datos que los usuarios allí escribían. Así se hizo de decenas de números de tarjetas de crédito, que luego utilizó para fines personales.

También estafó a una financiera, ya que usó su nombre para ofrecer préstamos a través de Facebook con la condición de que las personas primero hicieran un giro a través de Abitab. Las transferencias estaban a nombre de su madre; una mujer que, según consta en el expediente judicial, tiene “retraso mental” e iba a cobrar el dinero que le enviaban a su hijo. La mujer fue a visitarlo una vez desde que está en Punta de Rieles, cuenta Mastropierro, si bien en el expediente surge que tiene “lazos familiares débiles”.

A su vez, vendía objetos a través de Facebook, se quedaba con el dinero y nunca los entregaba. Una operativa similar a la que le habían hecho a él cuando tenía 13 años. Pero la estafa mayor y la que lo condenó en última instancia fue a Unicef, utilizando el nombre de la organización para acceder a bienes y servicios. En ese momento se presentaba como vice embajador juvenil de las Naciones Unidas, un cargo que le permitía estar en contacto con autoridades y personalidades públicas.

Dice que ahí no trabajaba solo, que pertenecía a un grupo más grande, aunque por “cuestiones éticas” prefiere mantener los nombres de sus compañeros en reserva.

Lo único que comenta es que se trata de un grupo delictivo que sigue activo en el exterior, que participan extranjeros y funcionarios del Programa de Alta Dedicación Operativa (PADO). Asegura que conoció a uno de sus integrantes en el juzgado de la calle Bartolomé Mitre, quien le ofreció “trasladar dinero en el cuerpo” hasta Maldonado. Desde entonces le encomendaron tareas hasta involucrarse en la estafa a Unicef.

Allí fue que tuvo que armar “una pantalla” y meterse en el “personaje”. Cuenta que alquiló “un piso” en la calle Blanes, en Cordón, donde vivía siendo todavía menor de edad. Cuando le preguntamos cómo era ese apartamento, revela que pagaba $13.000 de alquiler a través de alguien más, ya que él no tenía garantía de alquiler. Era un monoambiente que había amueblado a su gusto, todo con dinero que obtenía, según él, del sueldo que le pagaba la organización.

Dice que cobraba $85.000 por mes. Pagaba choferes, guardaespaldas y dos secretarias. Tiene buenos recuerdos de esa época, asegura que “estaba bueno levantar el teléfono y que una asistente” le tuviera “todo resuelto”. Se compraba ropa, frecuentaba mucho los shoppings y tenía una actividad constante en las redes sociales.

Según él, se estaba volviendo “un referente” entre los adolescentes en la web y tenía “fans”, como les dice. Salía a bailar, iba a eventos y costeaba vacaciones en balnearios del este del país. Pagaba hoteles y vivía una vida que nada se parecía a la humilde realidad que había tenido durante su infancia en Lavalleja.

Es difícil saber si Mastropierro no terminó creyéndose esa “doble vida” que fue montando. Su forma de hablar, sus modos y su manera de relacionarse dejan entrever que se mimetizó con ese personaje que había creado. Sobre por qué lo llamaban Rockefeller, asegura que surgió en una fiesta, porque era muy parecido a otro estafador que también utilizaba ese apellido.

Aprovechamos la visita para preguntarle si estaba arrepentido. Al principio, es categórico: “Absolutamente”, responde. Pero a medida que va avanzando la entrevista, el joven cambia su versión y cuenta que ya recibió una propuesta para viajar a Lima y continuar delinquiendo en el extranjero. Ahí le volvemos a preguntar y dice que todavía no resolvió si volverá a estafar o no. Señala que se encuentra frente a una “dicotomía”, ya que es una persona muy “inestable” y se ve seducido por el dinero que percibía por su actividad criminal.

Le preguntamos si durante estos seis años como estafador sintió culpa. Mastropierro dice que solo una vez experimentó algo así, cuando era menor y una víctima le dijo en el juzgado que el dinero que le había robado era el que iba a utilizar para comprar los regalos de Navidad de sus hijos. El sentimiento duró un momento y reconoce que llegó a devolver algo del dinero, aunque siguió induciendo a la gente al error. Estafando, a través de la web, donde no veía los rostros de los damnificados.

Al rato cuenta que esta vez esperó que pasaran las Fiestas para entregarse, porque no quería causarle otro “disgusto” a su madre. Según él, la Fiscalía no sabía dónde estaba y nunca lo iba a encontrar, ya que estuvo tres meses escondido en distintos complejos vacacionales del interior del país. El día que lo capturaron fue al Montevideo Shopping, hizo compras y se dio cuenta que de “no daba para más”. Dice que él mismo llamó a la Policía, que dio las referencias de dónde estaba y se sentó a esperar. Tres patrulleros llegaron a buscarlo.

A cambio de haberse entregado, pidió que lo llevaran a la cárcel de Punta de Rieles. Sabía que estaba recién inaugurada y que tenía mejores condiciones de reclusión que otras. No quería que le pasara lo mismo que le había ocurrido en el Inisa, donde otros reclusos y hasta funcionarios lo habían golpeado. Dice que nunca abusaron de él.

Durante la hora y media que charlamos, su versión cambia varias veces en torno a diversos temas.

Por ejemplo, revela que es celíaco. Hace referencia a la enfermedad porque dice que cuando cayó en Cárcel Central, cuando lo detuvieron en enero, no había comida para él porque todos los alimentos estaban contaminados con gluten. Estuvo tres días comiendo pollo, agrega. La conversación sigue sin más, hasta que otro preso le acerca un paquete de galletitas dulces. Mastropierro lo abre, come una, dos, tres galletitas, hasta que le preguntamos por su presunta celiaquía. “Tengo un Fadal en la celda”, responde. Si es celíaco o no, en verdad no lo sabemos.

Tampoco está claro qué va a hacer cuando salga de prisión. Solo terminó hasta tercer año de ciclo básico, por lo que se anotó en un programa de la cárcel que le permitirá cursar de forma acelerada. Pretende terminar quinto este año, aunque es probable que pueda cursar también sexto en 2020, ya que su condena finaliza en julio de ese año. Según él, evalúa anotarse a la carrera de Relaciones Internacionales cuando salga, porque en verdad le gustaría dedicarse a la vida diplomática.

Mastropierro asegura que podría dejar el delito de lado y llevar una vida normal. Cuenta que ya realizó “una pasantía” en el Ministerio de Ganadería, donde tenía un sueldo de $ 12.000 por mes. Según él, si volviera a tener una oportunidad de esas características, podría pagar el alquiler de una habitación y dedicarse a estudiar.

Pero esta versión también cambia más adelante. No solo por la referencia de la estafa en Lima sino porque agrega que tiene pensado viajar a La Plata, Argentina, y juntarse con otros compañeros de su organización que decidieron dejar la estafa de lado. Allí pretende hacer “una vida ajustada”, “más humilde”, sujeta a derecho, con dinero que tiene ahorrado. Le preguntamos cuánto dinero había guardado luego de tantos años de estafas, pero no quiere responder. También lo consultamos acerca de esas cuentas, presuntamente cargadas de dinero ilegal, que deberían estar intervenidas. Pero él señala que permanecen intactas.

Mastropierro sabe que es diferente dentro de la cárcel, y lo aprovecha. Según nos relató, en los pocos meses que se encuentra en la prisión se ha convertido en el “abogado” de los otros reclusos. Por su vocabulario y conocimiento de las leyes, dice que es la persona de referencia para intermediar cuando hay conflictos. A cambio, “el hacker” (como lo llaman los otros presos) recibe protección y algunos beneficios, como conexión con el exterior. Dice que otros privados de libertad le facilitan un “galáctico”, como le llaman al celular con chip y un cargador, o un “corazón” y un “inflador”, como se dice en la jerga penitenciaria.

Según relató, aún sigue en contacto con algunas personas afuera de la cárcel. Algunas de ellas “dependían” de él, como una de sus secretarias. A ella, asegura, le sigue pagando un sueldo de $ 15.000. Cuando le preguntamos cómo le sigue transfiriendo el dinero, opta por decir que esa es “información confidencial”.

Mastropierro nos contó su historia, nos permitió visitarlo y nos dejó conocerlo. Pero no nos dijo nada que desmintiera lo que Así nos va había informado antes. Durante toda la entrevista se mantuvo sereno, midió las palabras y eligió cada una de ellas para responder las preguntas.

Sin embargo, también estuvo atento a lo que pasaba a su alrededor y se cuidó de no decir nada que no le hubieran permitido en la dirección de la cárcel. Cuando le preguntamos si vivía con miedo en Punta de Rieles, se limitó a afirmar que sentía preocupación. En los últimos días lo cambiaron varias veces de módulo pero, según él, nada tuvo que ver con nuestra visita. Asegura que las autoridades lo hicieron por su bien, por miedo a que sufriera “represalias”. No quiso decirnos por qué lo tienen amenazado.

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